dilluns, d’abril 23, 2012

La falsa bondad

De Pablo Palmero Salimas en la Eco

Hay un tipo de actos hechos supuestamente desde y para "el bien" de los demás, que son en el fondo pura manipulación.

Nuestras madres, padres y allegados, a través de la influencia que les confería nuestra dependencia afectiva y material, nos confundieron enormemente haciéndonos creer que sus deseos de control eran "por nuestro bien", y más aún: "por el bien de la humanidad". Nos convencieron también que el sufrimiento y la pena que sentíamos se debían exclusivamente a algún problema inherente a nosotros, a nuestra maldad, al egoísmo, a la incapacidad para pensar, sentir y actuar correctamente, la incapacidad para ser y amar.

Tuvimos que construir un mundo de fantasías y conjeturas existenciales para encajar lo indigerible: Una "bondad" envenenada. descarriado que "no se entera de que va la vida".
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"Los nuevos santos" te asaltan cuando menos te lo esperas. Pero el Síndrome del Salvador y su malversación del significado del Amor tienen su propia maldición. Cuanto más necesita el propio dador, más obligado se siente a dar. Cuanto menos caso le hacen más se enfada y más odia al ser humano. Cuanto más odio y desprecio hacia los demás, más intenta cambiarlos.

Mientras tanto... no siente lo que le pasa, ni por tanto, lo que le daría satisfacción y tranquilidad. La confusión debida a la lucha interna fruto de unos ideales que tampoco puede lograr le corroen.

La amargura escondida muchas veces tras un hilarante positivismo lo delata. Todos estamos expuestos a caer en este mal porque todos, en mayor o menor grado, hemos sido "ayudados" y pretendemos ayudar desde ahí.

Para ayudar hay ciertos requisitos que pasamos por alto:

¿Quiero, puedo y estoy ahora mismo en las condiciones adecuadas para atender la necesidad del otro?
¿Quiere el otro mi ayuda?
Aunque la respuesta inmediata pueda ser que sí... ¿Quiere realmente dejarse entrar lo que pueda ofrecerle, o simplemente quiere atención pero no ayuda?
En el caso que de veras quiera ayuda: ¿Estoy dispuesto a escuchar abiertamente lo que necesita expresar? ¿Puedo darle mi verdad?

Cuando necesitamos ayuda afectiva y relacional, normalmente no sabemos qué nos pasa exactamente, no tenemos conciencia del mal subyacente que nos aqueja y no podemos por tanto darnos lo que necesitamos. En esta zona normalmente se encuentra la rabia, el odio, la angustia, la impotencia, la tristeza, la soledad, el dolor.

Estar con todo esto no es fácil ni para el que ayuda ni para el que desea ser ayudado. Es una situación muy delicada que requiere entereza, respeto y sinceridad. Estar con la "dificultad" de la persona es un paso previo e indispensable para ver lo que hay oculto.

Permitir que aparezca la empatía, dar espacio para que "nazca" y fluya de forma natural. Sentir este impulso requiere proximidad, "dejarse entrar" al otro, ser "tocado". Una relación de tú a tú, de igual a igual, de persona a persona. Hace falta una sensibilidad que permita crear las condiciones adecuadas: un espacio, un tiempo, un ritmo y una manera de estar que se ajuste a la necesidad actual de la persona.

En el supuesto de llegar a percibir la carencia de fondo, falta aún tener algo substancial, algo que pueda dar consuelo. Todo esto nos sitúa delante de un hecho crudo y triste: ¿Qué podemos ofrecer en el plano afectivo, cuando apenas hemos recibido?

Es importante vigilar con franqueza y evitar, al menos, añadir mentira y sal en las heridas. Acercarnos al dolor y la miseria humana requiere sentir y asumir la propia miseria y el propio dolor. Desde luego, es mucho más fácil juzgar al otro a la ligera o decirle lo que tiene que hacer, que reconocer las propias limitaciones con todo lo que ello implica. Dar cuatro recetas ("a ti lo que te pasa es... y lo que necesitas es..."), un libro, un par de técnicas o unos apuntes proféticos. Pero sobre todo evitar que "salpique".

El daño que intentamos extirpar en el otro es el mismo que nos afecta. El dolor de los demás nos conecta con el nuestro. La propia impotencia y confusión se tapa rápidamente con ese altruismo vestido de neosantidad. En ocasiones incluso, alguien está expresando su dolor y lo interpretamos como algo horrible que debe ser atajado cuanto antes. Proyectamos nuestro sufrimiento donde hay liberación y calma interna ¡Cuanta locura, cuanto daño bienintencionado! Convertimos en "pobre desgraciado" aquel que nos asusta, aquel que simplemente altera nuestro precario orden interno.

El desprecio encubierto de bondad es un arma muy peligrosa. Un cuchillo que se hunde lentamente sin poder identificar la mano que lo empuña. Con el tiempo acabamos pasándonos el día acuchillándonos a nosotros mismos y los unos a los otros en una forma de relación perversa consentida. Ojalá podamos tener la capacidad para identificar más a menudo este tipo de falsa bondad y ser lo suficientemente valientes como para poder decir: ¡Por favor no me ayudes!, ¡ni lo quiero ni lo necesito! así no.

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