dijous, d’agost 30, 2012

Gawain y las mujeres

Una fría mañana de invierno, el joven rey Arturo decidió distraerse cazando furtivamente en un bosque del reino colindante. Los guardianes del monarca advirtieron la presencia de Arturo, cautelosamente se aproximaron y Arturo al verse acorralado y consciente de su falta, se entregó sin oponer resistencia. Esposado lo presentaron ante el rey. Arturo ante los ojos del monarca que lo escrutaba irado confesó:

- No tengo ninguna excusa en mi defensa, he cazado en vuestra tierra sin vuestro consentimiento y ahora debo asumir la pena que se me imponga.

El monarca, conmovido por la sinceridad, responsabilidad y gallardía del joven Arturo dijo: - Joven, la condena por tal delito es la pena de muerte, - Arturo palideció - pero sería un error no darle la oportunidad de remendar sus errores a una persona que reconoce de este modo la consecuencia de sus actos y decisiones. Así que os concedo la libertad a cambio de que en el termino de un año halles respuesta a una pregunta. Si accedes y resuelves lo que te planteo, serás libre. De lo contrario, volverás y me rendirás pleitesía. Para asegurarme de tu regreso antes de ese plazo, te acompañarán algunos de mis más fieles servidores. Tú decides.

Arturo asintió temeroso y el monarca prosiguió:

- La pregunta que debes resolver es: ¿Qué quieren realmente las mujeres?. - Llamó a cuatro de sus mejores soldados - Puedes venir cuando tengas la respuesta, mas si tal día como hoy cuando 365 lunas hallan sucedido 365 soles, no la tuvieras, estos hombres que te acompañarán hasta ese día, te darán muerte y traerán tu cabeza.
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Las personas presentes quedaron perplejas ante el reto. Al joven Arturo le pareció imposible contestarla, pero era la única oportunidad para salvar su vida. Acompañado por su nueva escolta y por sus más fieles amistades, recorrió todo su reino en busca de la respuesta. Interrogó a princesas, a su reina madre, a prostitutas, a monjas, al consejo de personas sabias, al bufón de la corte, a todas las gentes que se topaban en su camino. Ninguna conocía la respuesta a la pregunta y todas le aconsejaban que visitara a la vieja bruja conocida por su sabiduría, pero también por sus tarifas maquiavélicas y abusivas.

Exhausto por la búsqueda y habiendo agotado prácticamente el año de gracia que le había concedido el monarca vecino, visitó a la bruja. La hechicera conocedora del futuro, de alimañas y conjuros, de pócimas y remedios aguardaba su visita desde el día de la condena, había tenido tiempo suficiente para tramar qué quería a cambio de la vida de Arturo. Quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la mesa redonda y el más íntimo amigo de Arturo.

Arturo, al oír el precio, montó en cólera. La bruja era jorobada, fea, con un sólo diente, desprendía un hedor nauseabundo y hacía ruidos obscenos. Era repugnante y no podía comprometer la felicidad de su amigo por su vida. Gawain lo acompañaba y le pidió que se tranquilizase. Lo tranquilizó y le rogó que aceptara. La muerte de Arturo supondría el fin de la mesa redonda y el peligro del reino y de sus gentes. Gawain, fervorosamente leal, continuó:

- Como caballero de la mesa redonda es mi deber casarme con la bruja y así salvaguardar vuestra vida y la continuidad de la mesa redonda.

Arturo aceptó. Acordaron celebrar la boda lo antes posible, pues la bruja quería el pago antes de dar la respuesta que Arturo necesitaba.

Se organizaron unas nupcias por todo lo alto. La corte presenció durante toda la fiesta los malos modales de la bruja. Engullía toda la comida directamente del plato, emitía ruidos y olores espantosos. Arturo se sintió desgarrado y angustiado. Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso en todo momento.

Al llegar la noche, el noble caballero aguardaba en el lecho nupcial a su esposa, la bruja. Esperaba a la encorvada y verrugosa mujer que había conocido y en su lugar apareció la más bella doncella que un hombre desearía ver en su alcoba.

Gawain, estupefacto, preguntó dónde estaba su esposa, la bruja. La doncella respondió:

- En agradecimiento por vuestra cortesía os ofrezco este regalo. Puedo tomar la forma que desee y este aspecto es el que quiero mostraros la mitad del tiempo que pasemos juntos. - con sonrisa pícara, le preguntó - Gawain, ¿Cómo queréis que os acompañe durante el día y cómo durante la noche?

- ¡Pregunta cruel! - Gawain reflexionó - ¿Quiero una mujer durante el día para exhibir ante mis amistades y por la noche en la privacidad de la alcoba a una bruja espantosa? o ¿Prefiero tener a una bruja en la calle y una joven hermosa en los momentos de intimidad.

El noble Gawain, ante tal dilema y haciendo gala una vez más de su nobleza, dejó la decisión en manos de la sabia bruja que replicó entusiasmada:

- Ahí tenéis la respuesta para vuestro señor. El monarca quería saber qué quieren realmente las mujeres y vos con vuestra gentileza habéis hallado la solución: Una mujer lo que realmente quiere es ser la soberana de su propia vida.

Gawain comprendió que aquella era la respuesta que esperaba el monarca y que su amigo Arturo obtendría el perdón gracias a la sabiduría de la hechicera. Desde entonces, la bruja abandonó su aspecto desagradable y se transformó en la bella dama hasta el fin de sus días para premiar el respeto, gallardía y nobleza de Gawain que había conseguido satisfacer a su ahora esposa, soberana de su propia vida.

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Un sabio maestro y su fiel discípula paseaban por un bosque, mientras le explicaba la importancia de conocer lugares diferentes, visitar y ...