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Ligero de equipaje

Un anciano labrador tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo, escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, el labrador les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quien sabe!

Una semana después el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Entonces el vecindario felicitaron al labrador por su buena suerte. Éste les respondió: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quien sabe!””

Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salavajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró aquello como una desgracia. No así el labrador, quién se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quien sabe!””

Unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota, le dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quien sabe!

(Carlos G. Vallés)

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