dimecres, de juliol 22, 2009

Relaciones de igual a igual


En última instancia, las relaciones de poder de la plantilla con la persona supervisora o de la persona supervisora con la dirección o la propiedad son evidentes y, ante un desacuerdo o conflicto en el cual no se llega a ningún consenso, la persona con mayor poder puede ejercer su autoridad y proponer su criterio como definitivo. Pero, qué pasa con las decisiones que se tienen que tomar entre iguales, sobretodo cuando los cargos tienen la misma jerarquía dentro de una empresa y una de las personas siempre quiere imponer su decisión.

Me atrevo a decir que estas son las relaciones más parecidas a las de una pareja. La diferencia básica es que a la pareja la eliges tu y a la persona con la que trabajas no. Pero, en teoría, son relaciones de igual a igual que se van puliendo o despedazando a medida que nos vamos conociendo.

¿Cómo convivir y llegar a decisiones consensuadas con personas con las que cuesta dialogar? Una propuesta es hacer un ejercicio de empatía mediante la comunicación. La asertividad bien gestionada puede ser una vía de acercamiento; pero si ya se ha dado conflicto, puede resultar en desconfianza que reactivará el no entendimiento y la falta de comunicación.

La observación es una fase preliminar de la empatía, intentar entender el comportamiento y la comunicación de la otra persona es muy importante para llegar a buen puerto. Si nos vasamos en la Programación Neurolingüística (PNL) y en la forma de expresarse de la otra persona, quizá se nos aclaren algunas cuestiones que todavía no habíamos analizado. Es un buen ejercicio de trabajo personal, aunque no nos importe esa persona, nuestra capacidad empática mejorará para futuras relaciones que nos parezcan más interesantes.

No podemos cambiar a las personas y me remito a la frase de Marcel Proust: “Nada ha cambiado, sólo yo he cambiado. Por lo tanto, todo ha cambiado”

Más adelante hablaré de PNL y añadiré el enlace a este post.

Per C.

dimecres, de juliol 15, 2009

Una enfermedad moral

De Soledad Puértolas.

Releer lo ya publicado para una nueva edición, enseña lo que uno ya creía saber, aunque nunca se sabe suficiente. Siempre se puede seguir corrigiendo. Pero el tiempo transcurrido se ha llevado la voluntad, y el interés, a otra parte.

Ahora se comprender mejor las observaciones críticas recibidas meses atrás. Ha sido superada, olvidad casi, la primera reacción de defensa. Y, sin embargo, curiosamente, uno corrige siempre algo que los otros no han visto como "malo" y está tentado a no respetar lo juzgado como "bueno". Y eso es lo alentador: la obstinada tendencia que nos hace avanzar hacia algo, desconocido y, de algún modo, claro.
(p. 7)

Torreno era un hombre sin memoria, de modo que, cuando los hombres le relataban sus penas, sus desgracias, sus pequeños contratiempos, él no podía entenderlos y daba la solución adecuada, iluminada por la luz de la imparcialidad. Recomendaba cosas extrañas, que todos consideraban mágicas. Hacía que los hombres se trasladasen a remotos lugares, se desprendiesen de determinadas cosas o adquiriesen otras. Y era eso lo qe ellos querian de él. Algo terminante, no un dulce consejo.

(...) Cuando de golpe Torreno fue invadido por la gran pena de las personas que había conocido y tal vez amado, en ese momento en que bruscamente se abrió la huella que habían dejado en su alma, comprendió que iba a morir.
(p. 113)

divendres, de juliol 10, 2009

Ligero de equipaje

Un anciano labrador tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo, escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, el labrador les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quien sabe!

Una semana después el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Entonces el vecindario felicitaron al labrador por su buena suerte. Éste les respondió: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quien sabe!””

Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salavajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró aquello como una desgracia. No así el labrador, quién se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quien sabe!””

Unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota, le dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quien sabe!

(Carlos G. Vallés)

Empuja la vaca

Un sabio maestro y su fiel discípula paseaban por un bosque, mientras le explicaba la importancia de conocer lugares diferentes, visitar y ...