dijous, d’abril 26, 2007

El Anillo

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo le dijo:
-Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después…y haciendo una pausa agregó- si quisieras ayudarme tú a mi, yo podría resolver este problema con más rapidez y después, tal vez, te pueda ayudar.

-Encantado, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien, asintió el maestro. Se quitó el anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó:

-Toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta a la cara, solo un viejecito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Volvió a la casa del Maestro.

Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro- Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quien mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que, si lo quiere vender, yo no puedo darle mas que 58 monedas de oro por su anillo.

-¡58 MONEDAS!!!!!, exclamó el joven.

-Sí, replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate, dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como ese anillo: una joya valiosa y única. Y como tal, solo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.

Enviado por Espai Coach

divendres, d’abril 20, 2007

Velocidad o fondo

Un grupo de jirafas querían recorrer la sabana, su destino era Kiruhura a varios días de camino y con peligros inciertos. Se convocó un consejo para discutir la mejor forma de llegar, habían tantas voces como jirafas y no llegaban a ningún acuerdo. Finalmente, decidieron pedir consejo a otros animales.

Al primero que le consultaron, fue el guepardo que les dijo:
"Id rápidas, recorred el camino a toda velocidad. Evitaréis que los depredadores os vean o os puedan seguir y llegaréis antes a destino"

La opinión de las jirafas todavía se dividió más, algunas defendían esa estrategia, afirmaban que yendo rápido no tendrían problemas ni obstáculos. Las jirafas más ancianas eran reacias a esa solución, pues no todas las jirafas estaban preparadas para correr a toda velocidad.

Así que le pidieron su opinión al hipopótamo y éste les aconsejó:
"Id a vuestro ritmo, no ceséis de caminar y si algun depredador os ataca; os agrupáis y os defendéis"

Las jirafas consideraron esa posibilidad, pero pronto los más débiles pensaron que los hipopótamos eran mucho más resistentes que ellas. Esa no era una buena opción.

No sabían cómo llegar a Kiruhura y el tiempo apremiaba, se avecinaba el verano que secaba el recorrido y lo dejaba desprovisto de agua y comida. Las más impacientes emprendieron su camino a toda prisa, decidieron prescindir del grupo y sin mirar atrás, cada una escogió el camino que más le convenía.

Otras decidieron que la ruta tenía demasiados peligros, que arriesgaban demasiado y prefirieron quedarse.

El resto del grupo empezó a caminar siguiendo el consejo del hipopótamo, sin prisa pero sin pausa.

De las que partieron a toda velocidad, pronto les llegó el cansancio, algunas caían desfallecidas por el cansancio y eran presa fácil para los depredadores. A otras, la soledad las entristecía e intentaban volver al encuentro del resto de la camada, gastando el doble de energía. Las más fuertes seguían avanzando en su soledad, pero no podían descansar nunca y menos bajar su vigilancia para correr de nuevo, a toda velocidad, si algún peligro se acercaba.

El grupo unido avanzaba, unos asumían la vigilancia cuando el resto avanzaba, otros hacían de avanzadilla para encontrar el mejor lugar para reposar o comer. Así iban recorriendo el camino, paso a paso.

Un día, mientras el grupo dormía, una camada de leones se acercó sigilosamente. Una vigilante alarmó al resto de sus compañeras, pero no sabían qué debían hacer.

Unas recordaron el consejo del hipopótamo, se agruparon e intentaron defenderse. Los leones hambrientos, atacaban ferozmente a las jirafas y pronto calleron, pues ellas no tenían la fortaleza y la piel dura del hipopótamo para embestir a los leones.

Otras, despavoridas, corrieron rápido dejando atrás a sus compañeras y desapareciendo en medio de la sabana. Después de unas horas, desorientadas; caían al suelo desfallecidas.

Sólo las que tuvieron fuerzas para esprintar y se preocupaban por sus compañeras sobrevivieron. Unas se ayudaban a las otras y con sus largas patas avanzaban a toda prisa. Cuando alguna jirafa débil quedaba atrás, otra más veloz provocaba a los leones que la perseguían hasta que caían extenuados y sin fuerzas de ir a por las más débiles.

Después de ese día, el camino transcurrió sin más percances. Aunque de vez en cuando encontraban huesos de jirafas por el camino seguramente presa de los leones.

Finalmente llegaron a su destino. Las habitantes de Kiruhura les preguntaron por sus hazañas y por el resto de compañeras. De algunas no sabían nada, de otras sabían que habían sido víctimas de los leones y les explicaron la aventura tal y como sucedió.

Puede que los primeros 1000 metros, seamos capaces de esprintar. Pero si nos no preocupamos de los demás y de lo que dejamos atrás, nuestro futuro es incierto.

Puede que seamos fondistas y que mantengamos un ritmo constante, pero en algunos momentos de dificultad, debemos tomar conciencia y tener fuerzas para correr a toda velocidad sin perder el rumbo ni a nuestros compañeros.

Corrección

De Idries Shah, maestro sufí (1924-1996) La Sabiduría de los Idiotas Abdullah ben Yahya estaba enseñando a un visitante un manuscrit...